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Fragrance of Death and Life

Summary:

«Yo no deseo morir» Musitó quien constantemente buscaba morir.

Lilia Vanrouge nació siendo nadie, un ser despreciado destinado a perecer sin pena ni gloria, bailando peligrosamente con la muerte, pero tentado constantemente a vivir.

Esta es la vida del General Temible, el General de la Derecha, aquel que supo demasiado tarde que sí sabía amar.

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Retelling de la historia de Lilia Vanrouge de Twisted Wonderland.

La historia toma elementos del canon, sin embargo muchos de ellos están interpretados por mí o incluso modificados. Por favor, no tomar esta historia como referente a canon. He decidido tomar algunos nombres japoneses para los personajes.

Disclaimer: Lilia Vanrouge, Meleanor Draconia, Levan, Baul Zigvolt, Henrik Istvan, Leah Istvan, Silver, Knight of the Dawn, Sebek Zigvolt y Malleus Draconia de "Twisted Wonderland" son personajes pertenecientes a Disney Japan.

Chapter 1: Indigno de morir

Chapter Text

You say I am invincible I cannot die

I know, but anyway The words, they maim me

Grant me a wish, my master Compassion, please

I'd like to be a human (Maybe one day)

Wolf & Raven - Sonata Arctica

 

Indigno de morir

Su ojo derecho estaba casi girado a blanco, mientras que el izquierdo permanecía cerrado. 

 

Con el cuerpo enterrado en la nieve y los huesos doliendo por el frío, el chico comenzaba a contestar lentamente el llamado de las estrellas. Frío, hambre, dolor y un despropósito completo en su vida. En eso se convirtió toda su existencia. Básicamente no era nadie. 

 

Lo último que había comido era un trozo de carne crudo hace unos cuatro días. Lo robó del mercado ambulante de un pueblo (si es que podía llamarse pueblo a un par de casitas). No había tomado ni una mísera gota de sangre, su naturaleza vampírica le estaba carcomiendo las ansias de probar un poco del elixir, pero su hálito de vida no era suficiente para levantar su delgado cuerpo y dar un par de pasos hacia una desdichada criatura y robarle su sangre. 

 

Olía su propia sangre. Salía de la nariz producto de la caída. Había tropezado desde un acantilado, golpeado su cabeza y aterrizado sobre la nieve de un lugar inaccesible. Literalmente estaba rendido a morir y no le importaba en lo más mínimo. 

 

Desde que sus memorias comenzaron a forjarse en su joven mente, recordó una mujer vieja que no tenía el más mínimo de aprecio por el chico. Ella se hizo cargo de que no muriera, pero no era suficiente aprecio como para darle cariño, comprensión o alguna necesidad más allá de comer y dormir. Lo único que existía era su nombre ya olvidado hace mucho, dado por una madre y un padre desconocidos, que se desvanecieron probablemente bajo el dañino acero de los humanos. 

 

Orfanatos en Briarland había muchos. El suyo en particular era uno de los más pobres y desgraciados. La mortalidad de los niños era tan alta que resultaba útil ir a despojarse del indeseable a ese lugar y olvidarlo para siempre, casi como un crimen perfecto. 

 

La poca llama de vida que existía en el chico le hizo huir. Con apenas ciento cincuenta años (o algo así), decidió hacerlo. Para un hada vampiro como él, haber sobrevivido más de cincuenta años en ese orfanato era simplemente un hito. Se dedicaba a deambular días enteros por todos lados, buscando alimento, sangre, dinero, cualquier cosa que le diera motivos para vivir. 

 

Un día, aproximadamente a los noventa años, cuando la cuidadora del orfanato le había amenazado con un cuchillo de hierro oxidado, decidió huir y terminar con su vida. Ya era suficiente la tortura que le estaba otorgando la existencia y si algo debía hacer, era llegar al final de ese camino ridículo que personas como él no debían vivir nunca. Ni siquiera debió nacer. 

 

Fue al bosque e ingirió una enorme cantidad de setas venenosas. 

 

Vómitos, espasmos musculares, dolor insoportable, alucinaciones. 

 

Pero la muerte lo ignoró, como todo el mundo. 

 

Regresó al orfanato, recibiendo golpes, insultos, días sin comer. 

 

Recordaba todo esto semiconsciente, tentado a sonreír porque ahora sí era definitivo: la muerte vendría por él, los buitres por sus insípidos intestinos y finalmente borraría su existencia, la existencia del chico sin nombre. 

 

Habían pasado un par de horas cuando de pronto, el chico abrió los ojos y frente a él vio una chica tan joven como él, mirándole de cerca. 

 

«Qué bella es la muerte» pensó el chico, sin poder conectar su cuerpo con su mente. 

 

—¿Por qué estás aquí? —preguntó la chica. 

 

Su mirada fiera de ojos verdes y una pequeña tiara de algún metal precioso sobre su azabache cabello le hacía lucir como una emisaria de la oscuridad entre tanta nieve. Estaba anocheciendo y la chica tomó un montón de nieve para tirarlo al chico, el cual no se movió. 

 

—¿Estás muerta?—preguntó la chica, perforando los semiabiertos ojos del chico con los propios.

 

El chico tragó con dificultad, sintiendo la boca seca. Con ello comprendió su mala suerte. 

 

—Si estuviera muerto no podría contestar—dijo, con una voz que demostraba que el chico estaba casi entrando en la pubertad. 

 

La chica frunció el ceño con adorable enojo, mirando más de cerca al chico y levantando la maraña de cabello largo de su rostro. Mechones rojos y negros se engancharon a sus joyas y pudo ver sus orejas puntiagudas. 

 

—No eres humano ni chica, entonces eres un estúpido—La chica se levantó y colocó sus infantiles manos prontas a madurar en su cintura—¿No sabes quién soy? No debes contestarme en ese tono tan altanero. 

 

Con un movimiento de su dedo, un pequeño rayo violeta llegó directamente al abdomen del chico, el cual le hizo moverse en un espasmo involuntario. 

 

El chico se quejó de dolor y miró alrededor. El precipicio estaba lejos como para tirarse por él y partirse el cráneo de un solo golpe certero. 

 

Prefirió no decir nada luego de recuperarse del espasmo. Incluso disfrutó el horroroso dolor eléctrico que se apropió de sus músculos. 

 

La chica curvó las cejas y suspiró. 

 

—No sé bien cómo reaccionar, pero si no te mueves, voy a gritar muy fuerte. 

 

El chico suspiró pesado y, con una voluntad que estaba muy por sobre sus capacidades físicas en ese momento, la miró atentamente. 

 

Era una chica vestida elegantemente de negro. Tenía una cola escamada y adornos de metal. Sus pequeños cuernos tenían joyas y cintas. 

 

El chico se quedó mirándola con la boca semiabierta, más por la necesidad de respirar que por asombro. El viento helado despeinó su cabello largo y enredado. Miró los ojos de la chica y ella alzó una ceja para luego suspirar. 

 

—Vas a ser mi amigo. Ahora eres mío. 

 

—¿Qué?—preguntó el chico al sentir que con una fuerza desmedida para el pequeño cuerpo femenino, lo tomó de un brazo y tiró de él. 

 

Lo arrastró sin resistencia por unos segundos hasta que el chico comenzó a forcejear. La joven doncella se volteó y miró con desdén. Con el chasquido de sus dedos, el chico comenzó a flotar detrás de ella y él simplemente decidió rendirse. 

 

La chica comenzó a flotar también, agarrándose del acantilado filoso con gracia y habilidad. 

 

—Mi madre mandará a que me regañen si no llego a la cena. Te vas a poner decente y cenarás conmigo. Quiero que luego juguemos a escondernos y después te guardaré en mi caja de juguetes. 

 

El chico ya no prestaba atención. Se había desmayado. 

 

***

 

—Princesa Meleanor, escuche por favor—dijo su nodriza algo preocupada—no podemos recibir a su amigo ¿Dónde lo encontró? Por favor, recapacite, su Alteza Imperial la regañará. 

 

El chico estaba sentado con sus ropas malogradas en la cocina de los sirvientes del imponente castillo de Draconopolis. Su mirada perdida en un trozo de carne cruda indicaba que tenía hambre. 

 

—Ahora es mío—dijo Meleanor, la joven chica, enojada—, lo encontré en el suelo, es mío. 

 

Meleanor miró al chico de ojos rojos como bayas mirando el trozo de carne. Entrecerró los ojos con cierta decepción y se acercó a él. 

 

—Oye, tienes que esperar a la cena conmigo. Ve a bañarte y a colocarte algo decente. 

 

—Princesa, mi niña…

 

—¡Denle algo decente! 

 

Dicho esto, la chica desapareció en un mar de llamas verdes. 

 

Los sirvientes se miraron nerviosos. Desobedecer a la joven princesa no era en absoluto buena idea, pero literalmente había traído al equivalente a una cucaracha al palacio. 

 

—Este niño va a morir pronto—dijo una de las damas, algo subida de peso.

 

Se acercó al chico y alzó una mano para mirarle atentamente, pero, instintivamente, el chico se encogió. Las sirvientas se miraron mutuamente y se alejaron, sin muchos deseos de atender a un chiquillo así. 

 

Una de ellas suspiró y se acercó al chico con un pedazo de pan.

 

—Ten pequeño, come. 

 

El chico tomó el pan entre sus manos sucias de uñas mal cortadas y empezó a comerlo con desesperación. En un momento que no pudo discernir con claridad, comenzó a llorar. Lloraba sin limitarse, comiendo un segundo trozo de pan, sintiendo como su nariz se humedecía y sus ojos se llenaban de lágrimas. 

 

Ahora las sirvientas, en vez de tenerle asco, comenzaron a tenerle lástima. 

 

—Lo llevaré a bañar—dijo una de ellas, sintiendo el olor desagradable que emanaba su cuerpo—. Ven pequeño, ¿Cuál es tu nombre? Pronto serás un pequeño hombrecito, tienes que saber bañarte solo, ¿Verdad?

 

El chico alzó la mirada de ojos llorosos y curvó sus cejas. 

 

—No tengo nombre. 

 

La sirvienta miró a sus compañeras con preocupación.

 

—Sabemos que la princesa puede ser un poco intensa con sus decisiones, pero quizás podamos regresarte. 

 

El chico negó con energía.

 

—No quiero regresar, no quiero, no quiero…

 

Su llanto se hizo audible. Comenzó a llorar con fuerzas, respirando ahogado producto de la mucosidad en su nariz. La sirvienta lo tomó de la mano y lo guió a una enorme tina en el patio de los sirvientes. Dudosa de si hacerlo o no, comenzó a desvestir al chico. Sus ropas estaban pegadas y sucias, descubriendo una piel pálida y dañada. Las demás sirvientas trajeron tinajas de agua tibia y la vertieron en la gran tina, donde el chico supo por primera vez cómo era un baño de agua caliente. 

 

Comenzó a beberla, a pesar de que se estaba tornando turbia con su propia suciedad corporal. Era como beber sangre insípida, pero tan tibia, tan agradable. La dama del servicio intentó detenerlo pero después de un momento, decidió que el chico hiciera lo que quisiera. Se acercó lentamente y le tocó el cabello enmarañado, sucio y desordenado. Con jabones artesanales, desprendió el barro y la sangre revuelto, revelando un cabello suave. El chico se encogió levemente ante el tacto, hasta que finalmente se entregó a él, mientras la mujer, acostumbrada a bañar a su propios hijos, continuó limpiando al joven. 

 

—Tu debes lavar tus partes íntimas—dijo la señora, entregando el jabón—, yo no miraré, pero debes darte prisa, la cena es en una hora. 

 

El chico nunca había conocido el jabón. Olía a lirios araña, una flor típica de Briarland. Reconocía la flor, crecía en los caminos y se asociaba a la muerte, sin embargo, su aroma era muy agradable. 

 

Sin sentir vergüenza de ninguna forma, limpió sus partes íntimas sin entender por qué la sirvienta le daba la privacidad para hacerlo. 

 

Al terminar, la mujer vertió agua sobre él para luego recibir el pequeño cuerpo delgado en una enorme toalla. 

 

El tacto era suave, la calidez de la mujer restregaba con suavidad la tela en su lastimado cuerpo. 

 

«Quizás si he muerto» se dijo a sí mismo, mientras cepillaban su cabello. 

 

Vio el pulso de la sirvienta saltar en su cuello. Se relamió los labios, pero la poca energía que tenía la utilizó para detener sus instintos. 

 

De pronto, de encontrarse desorientado, casi muerto, estaba rodeado de sirvientas, comida y ropa cómoda. 

 

Maldita era su suerte. Él solo había querido morir. 

 

Solo morir.