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Fiebre de Plata

Summary:

Tras un tormentoso año que cambió su destino para siempre, Draco regresa al colegio bajo un nuevo apellido y con un secreto devastador corriendo por sus venas. Lejos de las comodidades y alianzas del pasado, el heredero de un antiguo linaje debe enfrentarse al dolor físico de una condición que oculta al mundo y al riguroso escrutinio del Ministerio de Magia, encarnado en Dolores Umbridge.

Harry Potter, abrumado por sus propios demonios, el insomnio y una inexplicable atracción, observa desde la distancia como el antiguo príncipe de Slytherin se desmorona y reconstruye a partes iguales.

En un año marcado por la supervivencia, el aislamiento y las misiones secretas; el león y el lobo deberán aprender a leer entre los silencios de cristal antes de que la tormenta que se gesta fuera de los muros reclame su sangre.

Chapter 1: Sombras plateadas en el número 12 de Grimmauld Place

Chapter Text

La atmósfera en el número 12 de Grimmauld Place era tan pesada como el polvo que cubría sus centenarias alfombras. Harry caminaba detrás de la señora Weasley, sintiendo un nudo de resentimiento apretándole la garganta. El verano había sido un desierto de silencio; ni una carta útil, ni una pista sobre la situación con Voldemort, solo el eco de los gritos de los Dursley y el zumbido de los dementores en Little Whinging.

—Están en el salón, cariño. Han estado esperándote —susurró Molly con una sonrisa que no llegaba a ocultar su nerviosismo.

Harry no respondió. Empujó las pesadas puertas dobles del primer piso con una mezcla de ansiedad y furia contenida. Sin embargo, las palabras de reproche que tenía preparadas para Ron y Hermione se murieron en sus labios.

La escena no era la que esperaba.

Frente a la chimenea, Ron estaba encorvado sobre el tablero de ajedrez mágico, rascándose la cabeza con desesperación. A su lado, Hermione pasaba las páginas de un tomo antiguo, pero no parecía estar estudiando; su atención oscilaba entre el libro y la partida. Y frente a Ron, sentado con una elegancia que rozaba la arrogancia pero sin la rigidez de antaño, estaba él.

Harry se quedó paralizado. El chico frente a sus amigos no era el Draco Malfoy que recordaba. Había crecido; sus hombros eran más anchos, su mandíbula estaba más marcada y su cabello platino, ahora un poco más largo y desordenado, caía sobre su frente con una naturalidad peligrosa. Ya no tenía esa palidez enfermiza; su piel parecía más vital, y había algo en su postura —una especie de calma felina, como un depredador en reposo— que irradiaba una fuerza nueva.

—Jaque, Weasley —dijo una voz arrastrada, pero más profunda y aterciopelada de lo que Harry recordaba—. Otra vez.

Ron gruñó, levantando la vista y saltando de su asiento al ver a Harry. —¡Harry! ¡Has llegado!

Hermione se puso en pie de un salto, dejando caer el libro. —¡Harry, oh, por fin! Estábamos tan preocupados por la vista en el Ministerio...

Pero Harry no se movió. No los abrazó. Sus ojos estaban clavados en Draco, quien se levantó con una lentitud exasperante. Harry sintió una sacudida de irritación pura al darse cuenta de que ahora Malfoy era unos centímetros más alto que él. Y, para su mayor odio interno, era... perturbadoramente atractivo. Había una vena salvaje en su mirada gris que Harry no podía dejar de observar, un magnetismo que hacía que el aire en la habitación se sintiera cargado de electricidad.

—¿Qué hace él aquí? —la voz de Harry salió como un siseo, cargada de una traición que le quemaba el pecho. Miró a Ron y a Hermione—. ¿Habéis estado todo el verano con él? ¿Jugando al ajedrez? ¿Mientras yo estaba encerrado sin saber nada?

—Harry, escucha, es complicado... —empezó Hermione, dando un paso hacia él.

—¡No! —estalló Harry, y el jarrón sobre la repisa de la chimenea vibró peligrosamente—. ¡Me habéis dejado solo! ¡Voldemort ha vuelto, mató a Cedric delante de mí, y vosotros estáis aquí haciendo vida social con este... con este mortífago!

—Harry, él ya no está con ellos —intervino Ron en voz baja, mirando a Draco con una extraña mezcla de respeto y cautela—. Lo desheredaron. Pasó algo... Un accidente.

—¿Un accidente? —Harry se rió con amargura, acercándose a Draco hasta quedar a pocos centímetros, desafiándolo—. ¿Qué pasa, Malfoy? ¿Te echaron por no ser lo suficientemente cruel? ¿O es que esto es otro de tus planes?

Harry esperaba que Draco saltara, que le devolviera el insulto, que sacara a relucir su linaje o su desprecio por los sangre sucia. Pero Draco no hizo nada de eso. Se quedó allí, plantado como una roca, con las manos relajadas a los costados. Sus ojos grises, ahora más intensos y con un brillo casi salvaje, se clavaron en los de Harry con una paciencia infinita.

—¡Dime algo! —rugió Harry, empujándolo levemente en el pecho. Sintió que Draco estaba sólido como el mármol; apenas se movió un milímetro—. ¿Cuánto te ha pagado tu padre para que espíes a la Orden? ¿O es que has venido a reírte de nosotros desde dentro? No me creo nada de este cambio. Sigues siendo el mismo hurón de siempre, solo que ahora te has cortado el pelo y te crees un hombre. ¡Eres un cobarde, Malfoy! ¡Un cobarde que huye cuando las cosas se ponen feas! ¡Me das asco! ¡Toda tu maldita familia me da asco!

Harry soltó todo el veneno que había acumulado durante semanas. Le gritó sobre Cedric, sobre el cementerio, sobre la falta de noticias y sobre lo injusto que era que Draco estuviera allí, en el centro de la acción, mientras él era tratado como un niño. Se acercó tanto que podía oler el aroma de Draco —una mezcla embriagadora de bosque, madera de pino y un rastro de algo animal y cálido que confundía sus sentidos—. Harry estaba jadeando, con la cara roja de furia y los ojos nublados por las lágrimas de rabia.

Draco esperó. No parpadeó ni una sola vez mientras Harry descargaba su ira. Escuchó cada insulto, cada acusación y cada grito con una madurez que resultaba insultante. No había rastro de la petulancia de Hogwarts, solo una calma sombría que hacía que los gritos de Harry rebotaran contra él sin causarle el más mínimo daño.

Cuando el silencio finalmente cayó en la habitación, roto solo por la respiración agitada de Harry, Draco exhaló un suspiro lento. No había odio en su rostro, solo una especie de comprensión distante que irritó a Harry aún más.

—¿Has terminado? —preguntó Draco. Su voz no era un desafío, era una simple pregunta.

Harry apretó los dientes, incapaz de articular palabra, con el pecho subiendo y bajando.

—No voy a defender a mi antigua familia, ni mis acciones pasadas, Potter —continuó Draco con una voz tan serena que parecía irreal—. No tengo que darte explicaciones sobre mis padres ni sobre mi accidente. Lo único que necesitas saber es que estoy aquí porque soy un miembro de la Orden del Fénix. Punto.

—¡Tú no puedes ser parte de la Orden! —espetó Harry, aunque su voz sonó más quebrada que antes.

—Dumbledore cree que sí. Lupin cree que sí. Y Sirius cree que sí —Draco dio un paso hacia adelante, obligando a Harry a retroceder ligeramente. La diferencia de altura y la nueva presencia física de Draco eran abrumadoras. Había una confianza en sus movimientos, una seguridad en su propio cuerpo que Harry nunca le había visto—. No me importa si me crees o si me odias. Gritarme en un salón polvoriento no va a cambiar el hecho de que ambos estamos en el mismo bando ahora. Te guste o no.

Harry sintió que la sangre le hervía. No soportaba esa actitud. No soportaba que Malfoy pareciera el adulto en la habitación mientras él se sentía como un niño herido. Y sobre todo, no soportaba lo bien que le sentaba a Draco esa nueva aura de misterio y peligro.

Antes de que pudiera volver a estallar, la puerta se abrió con un chirrido. La señora Weasley apareció, con un aspecto cansado pero autoritario.

—Draco, cielo —dijo Molly, suavizando el tono al dirigirse al rubio—, Alastor y Remus están listos. Te necesitan abajo para la reunión de la Orden. Quieren que les des el informe antes de que empiece la cena.

Harry se quedó boquiabierto. ¿Un informe? ¿Draco Malfoy estaba dando informes a Moody y a Lupin?

Draco asintió con una leve inclinación de cabeza hacia Molly. Se giró hacia Harry una última vez. No hubo burla, solo una mirada gris cargada de algo indescifrable —quizás un toque de esa vieja arrogancia, pero ahora mezclada con un humor seco y maduro—.

—Lo siento, Potter. Los adultos tenemos trabajo que hacer —dijo Draco con una media sonrisa que acentuó sus rasgos atléticos y ese aire peligrosamente atractivo que Harry tanto odiaba admitir.

Caminó hacia la salida con una zancada fluida y potente, moviéndose con una gracia que Harry solo había visto en criaturas del bosque. Al pasar por su lado, el hombro de Draco rozó el de Harry intencionadamente, una descarga de calor que hizo que a Harry se le erizara la piel.

—Nos vemos en la cena —añadió Draco sin mirar atrás, saliendo de la habitación y dejando a Harry con la palabra en la boca, consumido por una mezcla explosiva de odio, traición y una atracción involuntaria que no hacía más que alimentar su confusión.

Harry se giró hacia Ron y Hermione, que seguían en silencio. —¿Un miembro de la Orden? —susurró con voz ronca—. ¿Desde cuándo?

Pero el silencio de sus amigos fue la respuesta más dolorosa de todas. Draco Malfoy ya no era el niño mimado de Slytherin; era algo nuevo, algo poderoso, y Harry sentía que acababa de perder el control de su propia historia.

La puerta se cerró tras Draco con un golpe seco que pareció retumbar en el pecho de Harry. El silencio que quedó en el salón era denso, asfixiante, solo interrumpido por el tic-tac de un reloj de pie y la respiración entrecortada de Harry.

Harry se giró hacia sus amigos  de nuevo, con los puños tan apretados que los nudillos le blanqueaban. Su mirada saltaba de Ron a Hermione, buscando una explicación que no fuera una alucinación.

—¿Qué... ha sido... eso? —preguntó Harry, con una voz que temblaba por el esfuerzo de no gritar—. ¿Qué hace Malfoy aquí? ¿Y por qué se comporta como si fuera el dueño de la casa? ¡Y por el amor de Merlín, ¿por qué juegas al ajedrez con él, Ron?!

Ron se removió, incómodo, evitando la mirada de Harry. Hermione, por su parte, dio un paso adelante, intentando transmitir una calma que solo pareció enfurecer más a su amigo.

—Harry, siéntate, por favor. Hay mucho que no sabes —empezó Hermione con cautela.

—¡No me voy a sentar! —estalló Harry—. ¡Llevo todo el verano encerrado en Privet Drive sin saber nada de nadie, y llego aquí para encontrarme a Malfoy viviendo con vosotros! ¿Me vais a explicar qué está pasando o tengo que bajar a esa reunión y exigir que me lo digan a la cara?

—¡No puedes bajar, Harry! —dijo Ron rápidamente—. Dumbledore fue muy claro. Nos prohibió decirte nada por carta por seguridad. Dijo que si las lechuzas eran interceptadas y alguien sabía que Draco estaba aquí, todo se iría al traste.

—¿La seguridad de Draco? —Harry soltó una carcajada amarga—. ¿Desde cuándo nos importa la seguridad de ese imbécil?

—Desde que dejó de ser ese imbécil y pasó a ser alguien que casi muere, Harry —intervino Hermione, con un tono más serio—. Tienes que entenderlo. Draco desapareció todo el curso pasado. ¿No te diste cuenta? Sus padres enviaron una nota diciendo que estaba estudiando en el extranjero por una enfermedad, pero era mentira. Estaba escondido.

Harry frunció el ceño. Recordaba vagamente que no había visto a Malfoy en el Gran Comedor durante el Torneo de los Tres Magos, pero había tenido demasiados problemas propios (como sobrevivir a un dragón) para preocuparse por el paradero del heredero de Slytherin.

—Dicen que tuvo un accidente —continuó Ron, bajando la voz—. Un accidente horrible al final de nuestro tercer año. Nadie sabe los detalles, ni siquiera nosotros. Solo sabemos que quedó destrozado. Y cuando se recuperó un poco sus padres lo desheredaron.

Harry se quedó mudo. ¿Los Malfoy desheredando a su único hijo? —¿Por qué? —logró preguntar.

—Traición —respondió Hermione—. Lucius Malfoy envió un comunicado hace unos meses diciendo que su hijo ya no era digno del apellido. Que era un traidor a su sangre. Una deshonra. Lo echaron a la calle, Harry. Literalmente. Sin dinero, sin  ropa, sin nada.

Harry sintió un extraño vuelco en el estómago. Odiaba a Malfoy, pero la idea de ser repudiado por tu propia familia era algo que él, mejor que nadie, podía entender. Sin embargo, algo no cuadraba.

—¿Y entonces qué? ¿Vino aquí a pedir limosna? —masulló Harry con escepticismo.

—No —dijo Ron, mirando hacia la puerta—. Ahí es donde entra Lupin. Al parecer, Remus fue quien lo encontró después del accidente. No sabemos por qué Remus se siente tan responsable de él, pero no se ha separado de su lado desde entonces. Dumbledore ayudó con los papeles y, bueno, Harry, esto es lo más fuerte. Draco ya no es un Malfoy.

Harry parpadeó, confundido. —¿De qué estás hablando?

—Remus lo adoptó oficialmente —soltó Hermione de golpe—. Ante la ley mágica, ahora es hijo de Remus. Y como Sirius es el último de los Black y Draco es su pariente más cercano por sangre; Sirius lo ha nombrado su heredero legal para que los Malfoy no puedan tocar las propiedades de los Black. Ahora se hace llamar Draco Black-Lupin.

Harry sintió como si el suelo desapareciera bajo sus pies. Aquello era demasiado. Malfoy, su archienemigo, el chico que lo había humillado durante años, ahora era el hijo de su profesor favorito y el heredero del padrino al que Harry tanto quería.

—¿Me estáis diciendo que vive aquí como un miembro de la familia? —Harry caminó de un lado a otro, sintiendo que las paredes de Grimmauld Place se le echaban encima—. ¿Y qué es ese aspecto que tiene ahora? No parece el mismo. Está... —se calló antes de decir atractivo, pero su mente lo gritaba—. Parece más fuerte. Más peligroso.

—Es el entrenamiento —dijo Ron con una nota de envidia—. Como no pudo ir a Hogwarts el año pasado, ha estado entrenando con la Orden. Con Moody, con Tonks y con Remus. Mi madre dice que su accidente le dejó secuelas que lo han hecho cambiar físicamente. Es mucho más rápido que antes, Harry. Y tiene un genio... Merlín, tiene un mal humor que asusta, pero a la vez siempre está haciendo bromas sarcásticas con Sirius. Se llevan extrañamente bien.

—Lo tratan como a uno más —añadió Hermione con tristeza al ver la cara de Harry—. Sabemos que es difícil de procesar. Nosotros también tardamos semanas en acostumbrarnos. Pero Draco ha cambiado. Ya no habla de la pureza de la sangre, ni de su padre. De hecho, si mencionas a Lucius, se le ponen los ojos diferentes. Casi salvajes.

Harry se dejó caer en una silla, abrumado. Todo lo que creía saber sobre su mundo se había dado la vuelta. Draco Malfoy ya no era el villano de su escuela; era un misterio, un aliado forzoso y, por lo visto, el nuevo protegido de la Orden del Fénix.

—¿Y nadie sabe qué le pasó realmente? —preguntó Harry, mirando las piezas de ajedrez que Draco había dejado perfectamente colocadas tras su victoria.

—Solo Lupin y Dumbledore —susurró Hermione—. Y tal vez Sirius. Pero Draco no habla de ello. Solo sabemos que se marcha de vez en cuando, que siempre tiene cicatrices nuevas que Remus le ayuda a curar y que, por alguna razón, ahora es la persona más madura y atractiva de esta casa.

Harry apretó los dientes. No podía aceptar que Malfoy hubiera pasado de ser un cobarde a ser un guerrero de la Orden mientras él seguía siendo tratado como un niño al que hay que ocultarle las cosas. La sensación de traición por parte de sus amigos, de Lupin y de Sirius le quemaba por dentro.

—No me fío de él —sentenció Harry, levantándose de nuevo con la mirada fija en la puerta—. Me da igual si se llama Black, Lupin o Merlín. Voy a averiguar qué oculta. Y voy a averiguar por qué todos le tenéis tanto miedo.

—No es miedo, Harry —dijo Ron en voz baja mientras empezaba a recoger el tablero—. Es respeto. Ya verás a qué me refiero cuando lo veas en la cena. Draco ya no muerde con palabras, ahora muerde de verdad.

Las horas siguientes fueron una tortura de impaciencia para Harry. El ambiente en Grimmauld Place era un hervidero de secretos y pasos apresurados tras puertas cerradas. Finalmente, cuando el aroma a estofado de la señora Weasley empezó a inundar los pasillos, se anunció la cena.

Al bajar al comedor, Harry sintió que el corazón le daba un vuelco. Allí, de pie junto a la chimenea, estaba Sirius. Se veía más saludable que la última vez, con el cabello limpio y una sonrisa que iluminó su rostro cansado al ver a su ahijado.

—¡Harry! —Sirius cruzó la estancia en dos zancadas y envolvió a Harry en un abrazo rompe-costillas—. Siento no haber estado cuando llegaste, la reunión se alargó más de lo previsto. ¡Mírate! Estás más alto, aunque sigues teniendo el pelo de tu padre.

—Hola, Sirius —logró decir Harry, sintiendo que por fin algo en aquel día tenía sentido. Pero el alivio duró poco.

Justo al lado de Sirius, apoyado contra la pared con una pose de estudiada indiferencia, estaba Draco. Llevaba una camisa negra con las mangas remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos fibrosos y marcados que Harry no pudo evitar notar.

—Cuidado, Sirius —intervino Draco, y su voz profunda vibró en el aire con una nota de humor—. Vas a asfixiar al Elegido antes de que pueda probar el estofado de Molly. Sería una pérdida terrible para el mundo mágico.

Sirius soltó a Harry y soltó una carcajada, dándole una palmada afectuosa a Draco en el hombro. —No seas envidioso, primo. Sé que te mueres de ganas de que te dé un abrazo igual, pero eres demasiado refinado para admitirlo.

—En tus sueños, Black —replicó Draco, arqueando una ceja plateada—. Mi dignidad sigue intacta, a diferencia de tu sentido de la moda. ¿Esa túnica es de antes de que te encerraran en Azkaban o simplemente tienes una fijación con el estilo bohemian chic?

Harry se quedó boquiabierto. ¿Sirius y Malfoy bromeando? ¿Llamándolo primo? La complicidad entre ellos era evidente, una chispa de sarcasmo compartido que Harry sentía como una bofetada.

—¡A la mesa todos! —ordenó Molly, entrando con una sopera humeante.

Fred, George y Ginny intentaron colarse en la habitación, pero Molly los detuvo en seco con una mirada que habría congelado el infierno. —Vosotros cenáis arriba —sentenció.

—Oh, vamos, mamá —se quejó George—. Si el pequeño hurón platino puede estar en la reunión de los adultos, nosotros al menos deberíamos poder oír los chismes durante la cena.

—Es discriminación genética —añadió Fred—. Solo porque Draco tiene esa nueva mandíbula de modelo de Corazón de Bruja y nosotros seguimos siendo unos simples pelirrojos...

—¡Arriba! —gritó Molly.

Los gemelos se retiraron lanzando pullitas. -Cuidado con Draco, Harry, si te mira mucho podrías desmayarte- bromeó Ginny antes de cerrar la puerta, dejando a Harry ardiendo de vergüenza.

La cena comenzó. Harry se sentó entre Molly y Sirius, justo frente a Draco. A su lado estaba Remus Lupin, quien no dejaba de observar a Draco con una atención casi clínica, pero cargada de un afecto profundo.

—¿Cómo te encuentras, Draco? —preguntó Remus en voz baja, colocando una mano sobre su brazo—. ¿Sientes mucha presión?

—Estoy bien, Remus —respondió Draco, y su tono cambió completamente; la ironía desapareció, sustituida por una gratitud honesta—. Un poco de dolor en las articulaciones, pero nada que no pueda manejar. Además, Sirius me ha mantenido entretenido intentando enseñarme a lanzar hechizos de duelo al estilo de perro callejero.

—Y lo hace fatal, Remus —añadió Sirius, sirviéndose vino—. Tiene demasiada elegancia sangre pura. A veces parece que quiere pedirle permiso al oponente antes de desarmarlo.

—Se llama estilo, Sirius. Algo que tú olvidaste entre los dementores —replicó Draco con una sonrisa de medio lado.

Harry apenas podía probar bocado. Su monólogo interno era un caos de confusión y rabia.

Es insoportable, pensaba Harry, clavando el tenedor en una patata con demasiada fuerza. ¿Cómo puede estar aquí sentado tan tranquilo? Y lo peor es que... ni siquiera se parece a Malfoy. ¿Cuándo se volvió tan... así? Su mandíbula es más firme, sus hombros son tan anchos que casi no caben en la silla. Y esa cicatriz que asoma por el cuello de su camisa, ¿qué demonios le pasó?

Harry levantó la vista y atrapó a Draco mirándolo. No era la mirada de odio de tercer año; era algo más maduro, una mezcla de curiosidad y una extraña confianza que hacía que Harry se sintiera vulnerable.

Deja de mirarlo, Harry. Es Malfoy. Es el tipo que te hizo la vida imposible. No importa si ahora es atlético o si su voz suena como si supiera todos los secretos del universo. No importa si tiene ese aura de peligro que lo hace parecer... malditamente atractivo. ¡Es un traidor! O lo era. O... ¡agh! Odio que sea tan guapo ahora. Es insultante. Es una táctica de distracción de las Artes Oscuras, seguro.

—Potter —dijo Draco de pronto, sacándolo de sus pensamientos—. Estás mirando tu plato como si esperaras que te atacara un trasgo. Si quieres decirme algo, dilo. No muerdo, a menos que sea necesario.

Sirius soltó una risita ahogada y Remus le lanzó una mirada de advertencia a Draco, aunque había una sombra de sonrisa en sus labios.

—No tengo nada que decirte —masulló Harry—. Solo me pregunto cuánto va a durar este teatrito de familia feliz.

La mesa se quedó en silencio. Remus suspiró, dejando los cubiertos. —Harry, sé que esto es difícil de asimilar. Pero Draco ha pasado por una prueba que cambiaría a cualquiera. Ha perdido su hogar, su nombre y casi su vida. Ha demostrado su lealtad a la Orden de formas que aún no puedes comprender.

—¿Y por qué no puedo comprenderlas? —saltó Harry, mirando a Sirius—. ¿Por qué él sabe cosas y yo no? ¡Él es un Malfoy!

—Es un Black-Lupin —corrigió Sirius con firmeza, aunque su mirada hacia Harry seguía siendo cariñosa—. Y está aquí porque yo lo digo, porque Remus lo adoptó y porque Dumbledore confía en él. Además, Harry, si lo conocieras ahora, verías que tenéis más en común de lo que crees. Ambos habéis sido marcados por cosas que no elegisteis.

Draco apretó la mandíbula al oír la palabra marcados. Sus ojos grises brillaron por un segundo con una intensidad salvaje, casi inhumana, antes de volver a la normalidad. Se levantó de la mesa, su presencia llenando el comedor con esa energía eléctrica que Harry tanto odiaba sentir.

—Si me disculpáis, el teatrito me ha dado dolor de cabeza —dijo Draco con una inclinación de cabeza hacia Remus y Sirius—. Gracias por la cena, Molly. Estaba excelente.

Pasó por detrás de la silla de Harry y, por un breve instante, Harry sintió un calor intenso emanando del cuerpo de Draco, un olor a bosque bajo la lluvia y hierro que lo dejó mareado.

—No te esfuerces tanto en odiarme, Harry Potter —susurró Draco, lo suficientemente bajo para que solo él lo oyera—. Gasta esa energía para aprender a esconder tus pensamientos. Creo que lo vas a necesitar.

El eco de los pasos de Draco subiendo las escaleras de piedra se desvaneció, dejando tras de sí un silencio denso y cargado de reproche. Harry permanecía rígido en su silla, con las palabras de Draco —aprender a esconder tus pensamientos— grabadas a fuego en su cabeza. ¿Cómo sabía él lo que Harry necesitaba? ¿Y por qué su mera presencia parecía haber consumido todo el oxígeno de la habitación?

Remus Lupin soltó un suspiro largo y pesado, dejando las manos entrelazadas sobre la mesa. Se giró hacia Sirius con una expresión de decepción que dolió más que cualquier grito.

—Ha sido innecesario, Sirius —dijo Remus en voz baja, pero con una firmeza que hizo que el padrino de Harry bajara la mirada—. Sabes perfectamente lo sensible que está esta semana. La palabra marcado no es algo que él se tome a la ligera.

Sirius se pasó una mano por el rostro, luciendo repentinamente agotado. La alegría que había mostrado al recibir a Harry se había empañado.

—Lo sé, Moony. Lo sé —murmuró Sirius, golpeando distraídamente el borde de su copa de vino—. Se me ha escapado. A veces olvido que, por muy maduro que parezca, solo tiene quince años y lleva una carga que... en fin. Hablaré con él más tarde. Le llevaré un poco de ese chocolate que tanto te gusta darle.

Hermione, que había estado observando la interacción con una agudeza casi dolorosa, jugueteaba con su servilleta. Sus ojos brillaban con esa chispa de inteligencia que indicaba que estaba uniendo piezas en un rompecabezas mental. Miró a Remus, luego a la puerta por donde se había ido Draco, y finalmente a Harry. Parecía estar a punto de decir algo —quizás sobre las cicatrices, sobre el humor de Draco o sobre la extraña atención de Lupin—, pero al ver la mirada protectora de Remus, cerró la boca y simplemente asintió para sí misma.

—Bueno —dijo Molly, tratando de forzar una nota de normalidad mientras servía más estofado en el plato de Harry—, no dejemos que la comida se enfríe. Harry, cielo, no has probado casi nada.

Sirius sacudió la cabeza, como si intentara quitarse de encima la melancolía, y se centró de nuevo en su ahijado.

—Molly tiene razón. Harry, cuéntanos algo que no tenga que ver con conspiraciones o con parientes difíciles —dijo Sirius con una sonrisa forzada—. ¿Tienes ganas de volver a Hogwarts? He oído que este año el equipo de Quidditch de Gryffindor va a tener que esforzarse para encontrar un nuevo guardián.

Harry intentó forzar una respuesta. Se obligó a concentrarse en el rostro de Sirius, en la calidez de la cocina y en la presencia de sus amigos.

—Supongo que sí —respondió Harry, removiendo el estofado—. Aunque después de lo que pasó en junio, Hogwarts no se siente igual. Y con el Ministerio diciendo que estoy loco y que soy un mentiroso, no creo que sea un año tranquilo.

—Dumbledore se encargará de eso —aseguró Remus con calma—. Tu única preocupación debería ser tus exámenes y, quizás, ganar esa copa de Quidditch. Ron me ha dicho que está practicando mucho.

—¡Remus! —exclamó Ron, poniéndose rojo como un tomate mientras Hermione soltaba una risita—. ¡Era un secreto!

La conversación empezó a fluir hacia temas más mundanos: los libros de texto que debían comprar, las nuevas bromas que Fred y George estaban inventando en el piso de arriba, y las expectativas para el curso. Sirius reía con las anécdotas de Ron, y Remus aportaba comentarios académicos que hacían que Hermione se iluminara.

Pero para Harry, todo aquello sonaba como si estuviera bajo el agua.

Su mente, traicionera y obsesiva, no dejaba de volver al chico que se acababa de marchar.

¿Marcado por qué?, se preguntaba Harry, ignorando el sabor del estofado. Sirius ha dicho que Draco lleva una carga... y Remus ha mencionado lo de las marcas. ¿Será que el accidente fue algo oscuro? ¿Algo relacionado con Voldemort?

Harry recordó la sensación del hombro de Draco rozando el suyo. No era la debilidad de un enfermo; era una potencia física que Harry nunca había sentido en otro estudiante. Y luego estaba ese olor... tan distinto al aroma a pergamino y manzanas que solía desprender en clase.

Es tan irritante, continuó, mientras fingía escuchar a Ron hablar sobre escobas. ¿Por qué tiene que ser tan... imponente ahora? Antes era fácil odiarlo. Era un debilucho pretencioso. Pero ahora... ahora se mueve como si el mundo le perteneciera. Y ese tono de voz. Y la forma en que Sirius lo mira, como si fuera alguien en quien confiar de verdad.

Sintió un pinchazo de envidia. Draco Malfoy —o Black-Lupin, como se llamara ahora— había conseguido en un año lo que Harry llevaba buscando toda su vida: una familia que lo protegiera incondicionalmente, incluso sus secretos más oscuros.

—Harry, ¿estás bien? —le preguntó Hermione en voz baja, sacándolo de su ensimismamiento.

—Sí, perfecto —mintió él rápidamente—. Solo estoy cansado. Ha sido un día largo.

—Es normal —dijo Remus, observándolo con esos ojos que parecían leer el alma—. Ha sido un verano difícil para ti, Harry. Y encontrarte con tantos cambios aquí no ayuda. Pero te prometo que todo tiene una explicación. Con el tiempo, lo entenderás.

—Eso espero —respondió Harry, aunque en su interior sabía que no iba a esperar a que nadie le diera explicaciones.

La cena terminó poco después. Molly empezó a organizar la limpieza con un movimiento de varita, y Sirius se levantó para dirigirse a las escaleras, probablemente a buscar a Draco como había prometido.

—Mañana será otro día, Harry —le dijo Sirius, dándole un apretón afectuoso en el cuello—. Me alegra tanto que estés aquí. Esta casa se siente mucho menos lúgubre contigo.

Harry le devolvió la sonrisa, pero mientras subía a su habitación con Ron, no podía evitar mirar hacia el pasillo sombrío donde se encontraba el cuarto de Draco. La curiosidad era como un fuego que le quemaba el pecho, una atracción hacia el peligro que siempre lo había definido, pero esta vez, el peligro tenía ojos grises y un pasado lleno de sombras que Harry estaba decidido a desvelar.

No sabía que, en la habitación del final del pasillo, Draco Black-Lupin estaba sentado frente a la ventana abierta, sintiendo cómo la llamada de la luna agitaba su sangre, y pensando, para su propio fastidio, en el chico de las gafas rotas que acababa de llegar para poner su mundo patas arriba.